El fruto maduro de la identidad

Al inicio, durante y al final de la vida, nuestra identidad está siempre haciéndose. En este artículo, último de la serie sobre la formación de la personalidad en clave cristiana, se transparenta la meta de esta carrera: el descanso de nuestra frágil identidad en la de Dios.

Formación de la personalidad
Opus Dei - El fruto maduro de la identidad

¿Quién es usted?… En una entrevista de trabajo, en la aduana de un aeropuerto, navegando por internet y en muchas otras circunstancias, se nos piden datos personales. Somos capaces de darlos: nombre, fecha de nacimiento, ocupación, ciudadanía…, altura, peso y color de los ojos… Incluso podemos señalar algunas características de nuestro modo de ser: soy buen o mal deportista, con tendencia a engordar, ágil o torpe, optimista o pesimista, tímido o expansivo y hablador. Pero, ¿no es verdad que, con todo, queda aún por decir realmente quién soy yo?

Como un arquero que lanza la flecha, si queremos dar en el blanco debemos apuntar alto y hacia adelante

Al inicio de estas páginas sobre la formación de la personalidad vimos que un cristiano maduro tiene un proyecto elevado, claro y armónico de la vida, iluminado por su vocación de hijo de Dios. Conocer ese proyecto y hacerlo propio es lo que nos permite definirnos mejor. Los sucesivos capítulos nos han ido permitiendo comprender el proceso de crecimiento y los signos de la madurez, que incluye la acción del Espíritu Santo en nuestras almas. Al inicio, durante y al final de este proceso nuestra identidad está siempre haciéndose: ya de niños sabemos quiénes somos, y conocemos parte del plan, aunque a la vez está todo por hacer... Poco a poco ese proyecto se va desplegando, tomamos más consciencia de nuestro valor y misión en el mundo; damos nombre a las limitaciones y habilidades; descubrimos lo bueno y lo malo que existe en los demás. Al principio, nuestros padres deciden por nosotros el nombre, la alimentación, la iniciación en la fe, la escuela… En la adolescencia se refuerza lo que nos distingue, y en las etapas sucesivas se extienden las alas de un vuelo autónomo, aunque no en solitario. Al final de nuestra existencia terrena, la vida que ha estado llena de sentido se cierra con una identidad plena, como el broche de una joya. Culmina así ese esbozo de nuestra historia que intentamos escribir sobre la tierra, con la mano de Dios que guía nuestros trazos, y se abre ante nosotros la verdadera historia: reencontraremos, con «el ciento por uno»[1], todo lo que hemos querido y todos aquellos con quienes hemos querido.

Apuntar al centro de la diana

Como un arquero que lanza la flecha, si queremos dar en el blanco debemos apuntar alto y hacia adelante. Hemos de tener a la vista los ideales, y dirigirnos a ellos. Una persona madura intentará recordarlos antes de emprender cada tarea o de decidir. De este modo, no confundirá los medios con la meta. Porque sabe quién es y adónde va, no se engañará con las apariencias de felicidad de los placeres fáciles, ni la ilusión de autonomía de quien no acepta más criterios que el propio. Para “apuntar” bien contará con la experiencia de alguien que le indique cuánto tensar la cuerda, cómo sostener el arco, cómo concentrarse en lo importante. Desde fuera, alguien podrá decirnos dónde están llegando nuestros tiros y corregirnos con voz amable y segura: más arriba, más a la derecha, más a la izquierda…, cuidado con el viento… Es lo que intentan hacer los padres, los buenos educadores y amigos, un sacerdote o quien nos aconseja en nuestra vida cristiana.

La docilidad con que acojamos tanto las sugerencias de quien nos quiere como las mociones de Dios en el alma es clave para llegar al destino deseado. Para dar en el blanco hemos de apuntar al centro de la diana, pero podemos distraernos y mirar hacia cualquier lugar, desentendiéndonos de las señales y advertencias. No es suficiente, pues, conocer el proyecto: es necesario esforzarse por buscarlo en cada momento, perseverar y pedir ayuda.

En el trabajo, en el descanso, despiertos o dormidos, somos siempre los mismos, con una identidad única que no se destruye, y que no tendría sentido ocultar

Tantas veces no logramos cambiar lo que nos sucede, ni modificar nuestro modo de ser. La actitud ante estas limitaciones, sin embargo, puede ser muy variada, y de ella dependerá en buena parte la alegría que tengamos y podamos dar a otros. El estilo de nuestras reacciones, las formas de actuar y de proceder marcan nuestra personalidad. Cada pensamiento y deseo, las palabras, los gestos, la mirada y la sonrisa se llenan del aire que respiramos. Y ese “aire” nos impulsa a comenzar el día y cualquier actividad teniendo en cuenta el final. In omnibus respice finem, dice un antiguo lema heráldico: en todas las cosas, ten la mirada fija en el fin. En el trabajo, en el descanso, despiertos o dormidos, somos siempre los mismos, con una identidad única que no se destruye, y que no tendría sentido ocultar: el miedo a mostrarnos como somos sería síntoma precisamente de una identidad vacilante. El cristiano ve a Dios como un Padre y no se preocupa tanto por lo que espera de la vida como por lo que Dios y la vida esperan de él.

Si nos preguntamos con frecuencia qué quiere Dios de nosotros y procuramos complacerle, nos hacemos más hombres o mujeres; ganamos en coherencia: no solo sabemos quiénes somos, sino cómo actuar en cualquier circunstancia; nuestra identidad madura en las ocupaciones, y crece con nuestras características personales. Estamos felices de ser nosotros y felices de hacer lo que hacemos. La relación con Dios queda marcada por la filiación y la confianza, aun cuando haya cosas que no entendamos, o fragilidades personales. Nuestro “carné de identidad cristiano” coincide con el de Jesús y lleva también su cruz por distintivo[2]. Conociendo a Cristo nos conocemos mejor a nosotros mismos. Mirando a Cristo, y con su ayuda poderosa, daremos en el blanco.

La pauta segura del Padrenuestro

Jesús es nuestro modelo, con su vida y sus enseñanzas. De él recibimos el nombre de cristianos y nuestra oración propia, el Padrenuestro[3], que es una pauta excelente para modelar nuestra vida y nuestro carácter. El Padrenuestro nos indica lo que debemos pedir y el orden en que hacerlo, y colma las aspiraciones de nuestra afectividad. Nuestras vivencias, las lecturas, las imágenes que capta nuestra retina, nos impulsan o nos frenan; son muchos los factores que nos hacen avanzar o nos desvían del camino. La oración nos guía en medio de esa complejidad, a la hora de escribir cada día una nueva página de la vida.

Hemos rezado muchas veces el Padrenuestro, pero siempre podemos volver a deslumbrarnos con él: reconocemos que tenemos un Padre nuestro que está en el cielo, no fuera o lejos, sino también muy cerca de nosotros[4]. Y no decimos mío sino nuestro, pues ser humanos significa estar en relación con los demás. Le pedimos que su nombre sea santificado: Él, que no necesita nada, quiere ser conocido, adorado, deseado y glorificado, porque solo así se sacia el hambre de la humanidad[5]. Proseguimos pidiendo venga a nosotros tu reino: el proyecto personal se ilumina con esta aspiración que se hace realidad en Cristo, en su gracia que actúa en nosotros, y nos conduce a la gloria eterna. «La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos -y predilectos en María-, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria»[6]. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: haz que crezcamos hacia ti, cimiento y meta de nuestra identidad. El éxito o el fracaso, las alegrías o las penas se ven entonces desde esta perspectiva.

Es un motivo de agradecimiento que nos aconsejen dónde poner el pie para escalar seguros, dónde asentar nuestras esperanzas para verlas colmadas

Nos reconocemos como criaturas necesitadas de bienes materiales, del pan nuestro de cada día Además, en un plano superior, ese pan se refiere a la Eucaristía, Jesús mismo que nos invita a recibirle. En la Misa, acabada la Plegaria eucarística, el sacerdote se dirige a los fieles diciendo: nos atrevemos a decir… y reza entonces con los demás la oración que el Señor nos enseñó. De cada día: hoy y ahora es el momento para decidirse por Él, para afinar en la vida y tocar la música de Dios, para perdonar y no guardar resentimientos. ¿Cómo no sentirse interpelado por las palabras que salieron de su boca: perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden? En un país con pocos creyentes, durante unas clases del idioma local para extranjeros, la profesora preguntó a un alumno cristiano: “¿qué hace Dios?”, mientras señalaba en el diccionario la palabra “castiga”. Aquel estudiante se vio metido en un apuro, porque aunque la afirmación de la profesora le parecía injusta, no tenía la suficiente soltura para dar muchas explicaciones. Con todo, y para sorpresa de los presentes en el aula, consiguió dar con la palabra: “Dios perdona”. Nosotros pedimos a Dios que nos haga partícipes de esa cualidad tan suya, con la que nos parecemos a él.

Terminamos diciendo no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Deseamos que Dios nos colme de su amor, de su misericordia, que no consiste solo en perdonarnos, sino en mostrarnos los peligros del camino. Dios nos señala, con su Iglesia, qué cosas evitar. Las bienaventuranzas del sermón de la montaña desgranan un programa exigente, pero de vida buena y serena. Por contraste, el pecado no solo ofende a Dios, sino que nos daña y nos quita la paz, porque nos divide el corazón, y «nadie puede servir a dos señores»[7]. Por eso, es un motivo de agradecimiento que nos aconsejen dónde poner el pie para escalar seguros, dónde asentar nuestras esperanzas para verlas colmadas. Con la oración, nuestra identidad echa raíces profundas; descubrimos que nuestra vida es un diálogo continuo con Dios. Y «si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?»[8].

Jugárselo todo a una sola carta

Se eleva la mirada y suben nuestros pasos hasta el cielo. Sabemos que «el Señor nos ha pedido todo el amor, toda la vida, todo el corazón, toda la inteligencia; y es preciso responder sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios. Señor, yo te amo porque me da la gana de amarte»[9]. La identidad cristiana se forja en la correspondencia a lo que Dios nos da y nos pide, en el seguimiento de la propia vocación. Cada una de nuestras acciones, las relaciones interpersonales de amistad o de trabajo, han de llevar este sello: la identidad necesita de la coherencia con la llamada que el Señor nos ha dirigido.

El cultivo de la propia personalidad no consiste primariamente en completarse a uno mismo, sino en desarrollar nuestra apertura a los demás y en potenciar todo lo que podemos aportarles

La madurez es una tarea que no termina nunca, y por eso formarse es aprender a vivir como lo que uno realmente es. Quien desea ganar en un juego o en una apuesta tiene en cuenta muchos factores y suele no arriesgar demasiado. En el andar cristiano, en cambio, nos abandonamos en Dios. La vida entera adquiere significado con ese objetivo: el amor a Dios, imposible sin un efectivo amor a los demás, unifica el modo de ser. Cuando descubrimos una misión clara, que nos llena, agradecemos a quien nos la ha hecho ver, y ponemos en él nuestra confianza. La identidad bien arraigada lleva a jugárselo todo de una vez y para siempre. Esta es «la arriesgada seguridad del cristiano»[10]

La meta de nuestra vocación cristiana es la identificación con Cristo. Si somos coherentes, naturales y sencillos, le reconoceremos, pues él alaba a aquellos en quienes «no hay doblez»[11]. Por contraste, «todo lo enmarañado, lo complicado, las vueltas y revueltas en torno a uno mismo, construyen un muro que impide con frecuencia oír la voz del Señor»[12]. Desarrollar la identidad es destruir esos muros, que se presentan como falsas seguridades; quitar las barreras que nos alejan de los demás y de Dios. En Jesús se unen la tierra y el cielo; identificarse con él es encontrar la verdad sobre nosotros.

Una identidad sobrenatural

Todo lo que hacemos, la alimentación, el trabajo, las relaciones familiares y sociales, lleva el sello de lo humano, con notables similitudes en las más variadas razas y culturas. Solo el ser humano logra transformar sus acciones en gestos llenos de sentido. En él brilla la belleza de un cuerpo y su lenguaje, que protege con pudor, signo de identidad y espacio de libertad. Solo él convierte los instintos en tendencias, pues conoce la finalidad de sus impulsos y es capaz de dominarlos. No se deja arrastrar por fuerzas ciegas, sino que las gobierna con su inteligencia y voluntad. Solo al hombre y a la mujer los hizo Dios a su imagen y semejanza[13]: los hizo personas. Quiso que recibieran educación y maduraran poco a poco; quiso, sobre todo, hacerlos participar de su intimidad: construir, sobre los fundamentos humanos, una identidad sobrenatural.

Esta identidad no aísla, sino que se forma con los demás y hacia los demás, nos lleva a olvidarnos de nosotros y a mirar hacia afuera. Lo vemos en el bebé que, a los pocos meses, ya no se preocupa solo de su dedo: reconoce el rostro de la madre, sonríe; más adelante descubre que no es el único “rey” en el mundo; deja de reclamar todo y de decir “mío, mío”… El adolescente aprende que no puede exigirlo todo; si quiere que sus padres le compren una bicicleta, espera… y tal vez se porta mejor antes de su cumpleaños. Aprende así el valor de la espera, que le prepara para la verdadera espera, llena de optimismo: la esperanza cristiana. Asoman progresivamente una serie de características espirituales. Nos damos cuenta de que la libertad no implica solo capacidad de elegir, sino también responsabilidad: algo o alguien pide de nosotros una respuesta. El cultivo de la propia personalidad no consiste entonces primariamente en completarse a uno mismo, sino en desarrollar nuestra apertura a los demás y en potenciar todo lo que podemos aportarles. La tarea inicia en el hogar, en la familia, «donde reina una básica y cariñosa confianza, y donde siempre se vuelve a confiar a pesar de todo»[14]; donde cada uno y cada una sabe quién es y qué puede hacer por los demás.

El asombro ante un diseño tan especial sale al encuentro de la pregunta por el sentido de la existencia: ¿Quién soy? Nuestra identidad frágil de criaturas descansa en la identidad plena que solo Dios posee. Lo entendieron bien nuestros primeros hermanos en la fe: «los cristianos están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo»[15].

Wenceslao Vial


[1] Mt 19, 29.

[2] Cfr. Francisco, Homilía en Santa Marta, 26-XI-2014.

[3] Cfr. Mt 6, 9-13.

[4] Cfr. San Josemaría, Camino, n. 267.

[5] Cfr. Benedicto XVI, Homilía, 11-IX-2011.

[6] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii gaudium (24-XI-2013), n. 144.

[7] Mt 6, 24

[8] Rm 8, 31.

[9] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 30-XI-1960 (AGP, biblioteca, P01, 1969, p. 265)

[10] San Josemaría, Es Cristo que pasa, 58

[11] Jn 1, 47

[12] San Josemaría, Amigos de Dios, 90.

[13] Cfr. Gn 1, 26.

[14] Francisco, Exhortación apostólica Amoris Laetitia, 19-III-2016, n. 115.

[15] Carta a Diogneto, 5 (PG 2, 1174).