“Padre, soy maga y a veces me dedico a la medicina…”

Lila es una numeraria mexicana que le gusta hacer magia, pues ha encontrado en ella un método fácil y efectivo para hacer amigos y acercarse a la gente. Incluso alguna vez tuvo oportunidad de hacerle un poco de magia al beato Álvaro del Portilllo.

En primera persona

¿Cómo conociste el Opus Dei?

Conocí la Obra cuando tenía 16 años, por supuesto esto cambió mi vida totalmente. Estaba de moda esa canción de Armando Manzanero: “felicidad, hoy te vengo a encontrar, al mismo cielo lo miro de otro color, nada es nuevo solo que te conocí”: ese encontrarme con Dios cambió toda mi vida y Él empezó a ser lo principal.

A los cuatro meses de haber ido a un curso de retiro, con dieciséis meditaciones y habiéndome volado mis exámenes –claro con permiso de la escuela– me di cuenta que Dios podía estar pidiéndome la vida así que pedí mi admisión a la Obra. Desde entonces el Opus Dei lo es todo para mí.

De profesión ¿a qué te dedicas?

Soy médico radiólogo, hago ultrasonidos, un poco a destajo porque trabajo en una institución del gobierno y tenemos muchísimos pacientes. Procuro tratarlos a todos lo mejor posible a veces me sorprende que me preguntan “¿y por qué me trata usted tan bien?“ y “muchas gracias por haberme tratado bien”, pero les explico que lo lógico es que los trate bien. Hago ultrasonido de todo, incluyendo ojo, hígado, vesícula, páncreas, se puede hacer de todo el cuerpo. Nosotros somos importantes para dar un diagnóstico o auxiliar de diagnóstico. A veces van por algo y descubren que tienen otra cosa y eso ayuda al paciente a recuperar su salud.

¿Y la magia?

La magia es mi pasatiempo desde los diez años. En el festejo de mi cumpleaños hubo un mago, después de todo un día de festejos en “El tesoro escondido” en el Desierto de los Leones –que era una especie de bosque– llegó el mago Fu Man Chu, dio toda una función maravillosa; apareció un conejo de un sombrero y un canario, salió volando hacia la cortina, pero tenía un hilo atado a su pata y así regresó a su lugar y cuando terminó la función, fue lo más impactante. El mago, comenzó a quitarse el disfraz de chino, se quitó las barbas y resultó ser que el mago era mi papá.

“Padre, soy maga y a veces me dedico a la medicina” y en realidad así parecía porque me gustaba mucho hacer estas magias

Mi asombro fue tan grande, que ya no supe que pasó con mis invitados ni con lo que pasó después, porque yo sólo pensaba en que el mago era mi papá y vi como con toda naturalidad guardó las magias en una maletita que solía llevarse al deportivo y la guardó junto a los zapatos en el clóset. Se acabó la fiesta, se fueron todos y más o menos a las once de la noche, de puntitas fui a buscar aquella maletita, la tomé y puse todo el contenido sobre mi cama. Me quedé aproximadamente hasta las dos de la mañana investigando todos los maravillosos secretos y cuando amaneció yo ya era maga.


Me di cuenta que la magia blanca, la prestidigitación –es decir dedos rápidos– ayuda a hacer amigos y a crear ambientes más relajados. Mi papá me insistía mucho en que hiciera magia. Incluso mientras él estaba en el hospital me decía “hija, no les has hecho magia a las enfermeras” entonces yo sacaba mi moneda y hacía trucos de magia, o cuando íbamos a un restaurant “¿esta vez no le vas a hacer magia al mesero?”. Alguna vez en un congreso me pidieron que diera una plática, y lo que hice fue hablar de “La medicina como ciencia y arte” y di argumentos de cómo se podían curar enfermedades con la “magia”, por ejemplo, hay una enfermedad en la que falta una enzima en los pulmones, entonces yo hice una magia en la que inflaba un globo, lo colocaba en una caja y al romper ese globo tocándolo con mi varita mágica, salía un patito. Así podía uno imaginar que metía la enzima que faltaba dentro del pulmón. Esa sesión duró cerca de 45 minutos y eso me dio pie a tener otras funciones similares. Esto fue en la Sociedad de Pediatría en Monterrey y en el Hospital Metropolitano, al que me invitó un compañero de radiología.

Yo siempre había tenido la ilusión de hacerle alguna magia al Padre y pensé que había llegado el momento cuando, en 1983 en Noray, don Álvaro tuvo una tertulia con las personas que vivíamos en esa casa y otras más.

Después de terminar la sesión, me lo encontré en un pasillo –él iba con una jaulita que tenía un hámster que yo había aparecido durante la función– y una enfermera le preguntó “¿doctor, qué lleva en esa jaula?” y él contestó “era un residente” siguiendo la corriente de la magia que yo había hecho antes.

¿Podrías contarnos alguna anécdota que hayas tenido con la magia y el Opus Dei?

Yo siempre había tenido la ilusión de hacerle alguna magia al Padre y pensé que había llegado el momento cuando, en 1983 en Noray, don Álvaro tuvo una tertulia con las personas que vivíamos en esa casa y otras más. Estuve ensayando mucho y recuerdo que la persona que me estaba ayudando a preparar lo que le iba a decir al entonces Padre me recomendó que dijera “Padre, soy médico y a veces me dedico a la magia” pero en el ensayo dije “Padre, soy maga y a veces me dedico a la medicina” y en realidad así parecía porque me gustaba mucho hacer estas magias. En el Opus Dei siempre me han impulsado a que siga haciendo esto, porque en cada curso anual me preguntan "y ahora ¿qué magia nueva vas a hacer?”: esto hace que al menos cada año yo tenga que estrenar una magia nueva.

Cuando tienes una jerarquía, lo primero son las normas de piedad.

Hubo un año, en Navidad, en el que me regalaron un juego de barajas para hacer magia. La directora de mi casa me dijo “ahí está tu magia, no tengo idea de cómo se haga, así que investígalo”. Un día a las dos de la mañana me llegó la idea, entonces prendí la lámpara y lo escribí para que no se me olvidara. Así nació el duende Floricel.

Regresando a la magia del Padre, decidí hacerle un truco en el que una paloma iba a aparecer de un pañuelo, yo tenía que esconder en mi saco a la paloma, sabía que dentro de ahí la pobre paloma estaba un poco apretada pero tenía la esperanza de poder hacer rápido mi magia, estaba esperando mi turno para pasar con don Álvaro y cuando me asomé a ver cómo estaba mi paloma, me fijé que tenía el pico morado, me preocupé y decidí empezar a abanicar al ave con mucha discreción para no interrumpir la tertulia, el tiempo pasó y no tuve oportunidad de hacerle el truco al Padre. Al terminar la tertulia saqué a mi paloma de su escondite y me di cuenta que siempre había tenido el pico morado. Pero hubo un día en donde por fin pude hacerle la magia que quería a don Álvaro: estábamos en Houston, en una tertulia de sólo 25 personas. Ahí nos pidieron que por favor no les quitáramos el lugar de hasta al frente a las personas de Estados Unidos, yo hice caso a aquella indicación pero aquel día yo traía una paletita negra que al soplarle aparecía de la nada una moneda plateada y si uno le volvía a soplar, se desaprecia. Yo ya estaba preparada para que en cualquier oportunidad, pudiera hacerle la magia al Padre. Sin embargo había terminado todo y no pude hacerle el truco. Ya se estaban subiendo el Padre y los demás al coche, cuando la directora me dijo “Lila, acércate al coche”, no pudo terminar su oración cuando yo ya estaba asomada por la ventana. Don Álvaro estaba del lado derecho y don Javier del lado izquierdo, así que me acerqué y le dije “Padre, una magia”, metí mi manó a la bolsa para sacar la paletita negra y le dije “sople Padre, sople” era evidente que el Padre no entendía lo que estaba pasando así que le volví a decir “es una magia Padre” y como él no soplaba, yo soplé y apareció la moneda. En eso sentí una mirada que provenía del lado izquierdo que me decía “¿podrías por favor dejar al Padre?” ese era don Javier. Yo acabé mi magia y don Álvaro me dijo “hija mía que Dios te bendiga” esa fue la mejor recompensa que he tenido de mi magia.

¿Cómo haces compatible el Opus Dei y tu trabajo diario?

Es muy fácil, porque cuando tienes una jerarquía, lo primero son las normas de piedad. Empieza el día, bastante más temprano que el de otras personas y cada norma se va acomodando en su lugar. Voy a Misa afuera, llego muy temprano a estacionar el coche, llego al Perpetuo Socorro, entono con algunas personas las canciones. Lo demás entre paciente y paciente va saliendo, esa es la razón por la cual es fácil tratar bien a los pacientes. Si sé que en cada paciente puedo encontrar a Cristo que sufre, entonces entiendo que quien debe tener paciencia y debe tratarlos bien soy yo.